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domingo, 15 de enero de 2012

Efecto dominó

Salgo de la habitación a por una botella de agua. En el salón mis padres juegan al mus con unos amigos, ahí llevan toda la tarde. Cuando vuelvo a salir, me parece entender a mi madre - copa de vino en mano - no se qué de la residencia. Al cabo de un rato los amigos se van y mi madre sigue al teléfono... Oigo algo de una ambulancia.

Quiero ir a preguntar, pero no sé si es buena idea. Finalmente, me dice que su tía tiene neumonía y se la están llevando al hospital. Pienso en mi abuela, cuidando del pequeño de cuatro hermanos, su marido, en cómo cuidó al mayor y en cómo se ocupa de los dos medianos, como puede. Residencias, ambulancias y sillas de ruedas... y ella ni utiliza bastón. Poco a poco van cayendo a su alrededor, es el efecto dominó de la vida... y me pregunto qué se le estará pasando a ella, la última pieza, por la cabeza.


sábado, 8 de octubre de 2011

Me merezco unos donettes.

¿En qué momento pasa uno de la simple resignación de quedarse en casa un viernes por motivos justificados a tirarse por la ventana porque estos mismos motivos han sembrado la locura en el cerebro?


 Este es mi tercer viernes consecutivo que me quedo en casa sin salir y sin embargo todavía ni he subido la persiana de la ventana, a pesar de que hoy no he cenado la tradicional pizza de los viernes sino una humilde ensalada delante de la pantalla del ordenador. ¿Facebook? Sí bueno, aparte. La responsabilidad ha llamado a mi puerta y ha llegado acompañada de una extraña satisfacción que pelea mano a mano con la pereza de tener que hacer 12 entregas del máster en un tiempo récord. ¡Se me ha olvidado hasta salir a echar el euromillon! Y he declinado una oferta tardía de vinos y croquetas, ¡por las malditas entregas! ¿Será que mi nueva paciencia adquirida en el país de los mil dioses se está administrando excelentemente bien para repeler el estrés y los agobios anticipados?

Sea lo que sea parece bueno pero no puede serlo tanto... Me acabará pillando el toro porque el domingo me liaré en La Latina, y llegaré el lunes de resaca a trabajar (toquemos madera) y empezaré mal la semana. Pero bueno, de momento estamos a viernes y estoy contenta con mi nueva vida. Algo está cambiando, aunque todavía no sé qué.

 Este no es un viernes cualquiera. Es el viernes en el que comienza la maratón del postgrado compitiendo con una vida laboral monótona pero inevitable para "mi experiencia"; es un viernes tedioso, largo, lleno de "traducción e interpretación en los servicios públicos", de dilemas morales sobre "qué haría si como intérprete me pide un paciente que le diga que está muy enfermito al médico, cuando en realidad no lo está, y aún así el médico le manda de nuevo al trabajo y el paciente le pone de vuelta y media"... Un viernes acompañado de Radiohead y una tableta de chocolate mientras tecleo sin cesar, pensando ¿por qué no me voy a dar una vuelta? Pero no puedo separarme de la pantalla, tengo que hacer las entregas por narices. Así que me resigno, y no me impaciento - tengo toda una vida por delante para beber vino y comer croquetas - y cuando termino por fin a las doce de la noche siento esa extraña satisfacción aún sabiendo que este no es más que el inicio de una serie de viernes que me robarán la vida social y la energía durante unos cuatro meses. Porque sé que no serán viernes como todos los anteriores en las que una nube negra era la que se llevaba mi energía y dejaba mi cuerpo como el de un cadáver, vacío, tendido en el sofá delante de la televisión. Es un agradable viernes casero que además me ha sacado del estancamiento que yo misma he contagiado a este mi pobre blog que ya empezaba a estar abandonado.

 Y todavía me quedan ganas de escribir. Me merezco unos donettes. Y el primer capítulo de la quinta temporada de Los Soprano.

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domingo, 18 de septiembre de 2011

Domingos fatídicos

Para algunos el domingo es el mejor día de la semana, porque es día de descanso. En realidad, el domingo es día de rutina, sea la que sea: día de descanso, de resaca, de reuniones familiares, de ir al cine, de salir con los niños a dar un paseo. Para muchos esta rutina es inexcusable. Para otros los domingos son simplemente fatídicos. (Y especialmente en invierno)

El domingo es el último día de la semana, al que llegamos agotados, después cinco días remitiéndonos a nuestras obligaciones y un sábado bien aprovechado. El domingo se queda pequeño, y para colmo, hay que acostarse pronto, porque el domingo también anuncia el primer día de la semana. Es como el abogado del diablo. Además, está todo cerrado y, como es domingo y poca gente trabaja, los cines, los parques, los restaurantes están abarrotados. Como es festivo los precios son más caros en los lugares de ocio y hay que pelearse con las multitudes.  Si quieres comprar el periódico, resígnate a pagar el doble de lo que vale normalmente porque viene lleno de suplementos que al final acaban en la basura. Y si viajas, prepárate para el atasco de vuelta.....
¿Qué tiene de bueno los domingos, además de unas cañas en La Latina, donde también hay que combatir a la masa?

Casi que yo me quedo en casa, o como mucho, en la de algún amigo. Escuchando buena música, preparando una cena rica y mentalizándome para la nueva semana, mientras hago un repaso por la que acaba de terminar, en la que sí, me habré cansado de cumplir con mis obligaciones académicas o laborales, pero también aprovechado los pequeños ratitos de tiempo libre, para ir al cine y disfrutar de una buena película en VO sin nadie que me moleste mascando palomitas al lado y a precio reducido, hacer unas fotos en el retiro o cenar en un buen restaurante sin tener que esperar de 20 minutos a una hora.

Los domingos en invierno manta y peli. Y en verano, evitando sentirme dominguera y por eso de aprovechar el buen tiempo, manta y picnic en algún lugar remoto donde no haya niños chillando. Pero seguirá siendo un domingo fatídico.

martes, 13 de septiembre de 2011

Martes 13



Me acabo de dar cuenta de que hoy es martes 13 y a estas alturas del día
todavía no me ha pasado nada por lo que pueda culpar a esta fecha que tanto furor causa. Solamente que estoy más cansada de lo normal (¿será la astenia otoñal?) y llevo con retortijones toda la tarde (¿el menú del chino?).

El 13 me parece un número bonito, de hecho es mi favorito y lo utilizo siempre que puedo. No sé por qué en los rascacielos no hay planta 13, ni en los hoteles habitaciones con este número. Cuando camino y me da por contar los pasos, cuento de 13 en 13.De pequeña, cuando jugaba al baloncesto en el equipo del colegio, solía llevar el número 13; y me gustaba mucho. Nunca me dio mala suerte, más bien todo lo contrario. Sí, soy rebelde y me he pasado la vida tentando a la suerte, así que o ya estoy maldita desde hace tiempo o soy inmune a la superstición.

Por cierto, lo que cuenta nuestra querida wikipedia sobre el martes 13 es bastante curioso... 

lunes, 12 de septiembre de 2011

Síndrome postvacacional, vuelta al cole y esas cosas...

El mejor remedio para combatir las consecuencias de tres puntos en el pie como resultado de la insensatez de salir de fiesta con sandalias no es precisamente escuchar en los telediarios de las 3, de las 9 y en el informativo express de media noche sobre las innumerables terapias absurdas que se han puesto de moda para curar el síndrome postvacacional, remontar la cuesta de septiembre y la adaptación de los nenes que pasan de la guarde al cole, teniendo en cuenta que el periodo de reposo absoluto ha sido de tres días frente a la tele y como en el anuncio de Ikea: de la cama al sofá, del sofá a la cama, de la cama a la cocina y después al sofá, sin olvidar las duchas sentada en una banqueta con el pie derecho envuelto en una bolsa del Alcampo.

En efecto, tres días muy intensos en los que he sentido profundamente el síndrome postvacacional. Pero jamás se me ocurriría medicarme con pastis de herbolario, madrugar el fin de semana para readaptarme a la rutina, ir a hacerme un masaje o incluso rafting, para soltar la adrenalina, según antena 3 (y menos en mi estado, claro), sólo porque sufro de síndrome postvacacional. Prefiero asumir mis obligaciones laborales y mentalizarme para cuando empiecen y enchufarme todos los capítulos de los Soprano posibles. Y si no hubiera estado lisiada, hubiera exprimido el puente y cerrado los garitos de Madrid.



Sin embargo, tres "días de subirse por las paredes" acaban por arrojar planteamientos existenciales entre los cuales muchos están de más, y acentuados por ese síndrome postvacacional que tanto nos empeñamos en afirmar que existe (como el síndrome primaveral y todas esas enfermedades que nos inventamos en cada cambio de estación). Desde la ventana, apoyada en la muleta que no sé utilizar, el cielo se veía muy negro y la proximidad del otoño y el mal tiempo oscurecía las perspectivas de futuro. Hoy, día en que debería empezar mi síndrome postvacacional - porque para mí el año nuevo empieza en septiembre -, a pesar de ir cojeando a mi  nuevo trabajo he llegado a la conclusión de que no hacer nada es malo para la salud, muy malo. Y que aunque dé pereza madrugar y todo lo nuevo asuste, lo importante es hacer algo, mantenerse ocupado. Lo demás ya irá viniendo. Es como una reacción en cadena... O eso espero.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Tiempo

"Tiempo". Google nos remite a la predicción meteorológica. Los lingüistas podrían pensar antes de nada en el pasado, presente, futuro... La RAE ofrece diecisiete acepciones y un sinfín de expresiones; me gusta la número dieciséis: "16. m. Mec. Fase de un motor de explosión o combustión interna." En cualquier caso, sea cual sea la interpretación de esta palabra, siempre está presente en nuestras vidas.

Hoy me he dado cuenta de que probablemente en la mía haya sido la palabra más repetida ya no en las últimas semanas sino en meses, y en ocasiones, hasta más de una vez por frase. El tiempo apremia, aprieta. El tiempo pasa volando. El tiempo pone las cosas en su sitio. Con el tiempo se mejora. El tiempo lo cura todo. Tiempo al tiempo. Demos gracias a quien inventó los dichos y los puso a la disposición del ser humano, porque muchas veces son el recurso más cómodo para evitar alargar ciertas conversaciones a pesar de ni siquiera creer en lo que se está diciendo. Sin embargo, tratándose del tiempo, aunque no estemos de acuerdo con el paso del mismo y sus efectos en muchas ocasiones, en tantas otras el mismo nos demuestra que todos sus dichos son ciertos... con el tiempo, claro está.


...Y parece que fue ayer cuando estaba ideando todos aquellos planes para verano, y para después. Y nos plantamos en hoy. Hace apenas una semana todavía estaba sudando la gota gorda, compartiendo baño con indios musulmanes y aplacando los coletazos de la diarrea del viajero en un país que ya puedo tachar de la lista de pendientes junto con alguna que otra cosa más. Cuando facturé el macuto pesaba un kilo más que a la ida.... y por poco me quedo sin él en el camino de regreso, pero finalmente llegó a la mañana siguiente a casa de la mano de un mensajero. No ha habido manera de aligerar el peso por más que he ido tirando ropas y cosméticos, aunque he de decir que también me he traído varios trocitos de la India.

Han sido cuarenta estupendos días en otra punta del planeta, donde también pasa el tiempo aunque parezca lo contrario. Es curioso cómo cuando se llega miramos hacia delante y vemos todo lo que queda y, cuando llega el ecuador del viaje lo que queda se convierte en un calendario del que se van tachando los días. Y cuando nos damos cuenta, estamos otra vez en Madrid, tomando una caña en las extrañamente frescas terrazas de verano, pagando una cuenta de casi trescientas rupias por dos bebidas. Charlando, recapitulando, concluyendo el verano y mirando más hacia el futuro que al pasado. "Qué mayores nos hacemos, cómo pasa el tiempo". Y entonces me doy cuenta de que tengo que escribir sobre el tiempo, porque es lo que más ha rondado mi cabeza en los últimos tiempos, y porque por fin ha alcanzado el final del punto de inflexión y se merece una entrada. Tiempo. Ahora todo es futuro, cada paso que he dado hoy, cada letra que escribo ahora mismo, aunque el pasado no se pueda borrar y esté siempre dando la lata.